Hice cuanto pude, lo podría jurar.
Empaqué mis cosas, salí del edificio,
volteé al cielo y sonreí.

Le di la bienvenida a mi soledad.
La abracé pues tenía mucho sin verla
y la puse al tanto de mi ausencia.

Justo estaba por doblar la curva,
cuando en eso escuché tu voz.
Corrías hacia mí cual gacela.

Llegaste empapado en llanto,
implorando que me quedara
y lamentando las heridas causadas.

Te di un beso en la frente.
Yo seguía ahí,
pero mi corazón había partido antes.