¿Bailamos?
Fue la pregunta más valiente
que te pude haber hecho en esa fiesta.

Temblaba,
pues mi única certeza era
que no tenía idea de cómo bailar.

Aceptaste.
Te tomé de la mano
y nos dirigimos triunfantes a la pista.

Según yo,
bastaría con ir al compás de la música,
andar en círculos, vigilar tus pies y sonreír.  

Al poco tiempo,
preferí dejarme llevar, pues me impedía
verte a los ojos y adentrarme en tu mirada.

¿En qué momento
me lanzaste tu hechizo mágico
para que mis pies empezaran a levitar?

Una canción,
dos almas entrelazadas, tres mil latidos.
Un placer que me concedieras esa pieza.

Lo curioso fue
que pude quedarme horas viéndote bailar,
incluso, aunque lo hicieras con más de uno.