Maldito semáforo en rojo,
puso en pausa mi trayecto,
y con ansias esperaba su cambio.
Me tocó ser el primero en el crucero.

Tu carro se postró a mi izquierda.
Desarmaste mis quejas con tu presencia.
Tu sesión de maquillaje reafirmaba tu beldad
y la llamada que atendías hacía que tu voz imaginara.

Por inercia, volteas a verme,
sólo supe sonreír y saludarte.
Tu única opción fue el sonrojarte.
La vida me daba un motivo para sorprenderme.

Te veías hermosa con todo y tus prisas.
Mis preocupaciones hiciste trizas.
Era inminente el intercambio de risas.
Al filo de la calle, me sentía en una cornisa.

La luz del semáforo se tiñó de verde.
El minuto más largo de mi vida no quería perder.
No quería que fueras un recuerdo,
aunque el tiempo me decía que ello sería el más justo acuerdo.  

Toqué el claxon.
Te hice la seña de que te orillaras.
Dos extraños camino a una locura,
teniendo mucho que ganar y nada que perder.  

Nos bajamos de los carros
y nos acercamos, poco a poco.
Estrechamos nuestras manos y por último, intercambiamos celulares.  

El resto es historia.
Bendito semáforo en rojo.