Hace tiempo, sólo veía un mar de corazones rotos por historias que nunca fueron, que pudieron ser mejor, que pudieron terminar de otra forma, que no debieron haber terminado.
Un sin fin de causas con el mismo sabor amargo.

No era solamente yo el que observaba. Me acompañaba un testigo: mi propio corazón. Aunque él tenía razones de sobra para asustarse y salir corriendo, prefirió quedarse a contemplar y hacer lo que mejor sabe, alentar a cada uno de ellos.

Hoy encuentro un océano de corazones ilusionados dispuestos a volver a creer, a confiar, a entregarse, a aventarse al abismo.
Un sin fin de motivos con el mismo propósito: amar.