Hay ocasiones en que ya no puedes salvar a alguien. Va en caída libre y es inminente la sacudida, una vez que llegue al suelo.

Vuelas al precipicio, gracias a unas alas tejidas y descosidas por lecciones de vida y aterrizas minutos más tarde.

Le sonríes y le preguntas que si todo está bien, dentro de lo que cabe.
Te acuestas junto a él y ahí yacen, tumbados en el suelo.

Lo escuchas. No cuestionas ni reprochas nada. Cada palabra retumba y hace eco alrededor. Segundos más tarde, contemplan en silencio el infinito cielo.

Le haces saber que las decisiones pasadas ya no importan tanto como las que se tomen a partir de ese momento y le repites que, ante todo, busque su tranquilidad.