Volteas a ver tu reloj y activas el temporizador.
Sólo tienes una hora para estar con tu Yo de hace cinco años.

Te diriges al parque donde tantas tardes reflexionabas sobre la vida.
Ahí está. Sentado en esa banca y volteando al cielo, como siempre.

Te sientas a su lado y al reconocerte, da un brinco del susto.
Le confirmas que no está soñando y le dices que solo estarás un ratito con él.

Aún sin creérsela, te pregunta la razón por la que estás ahí y le contestas:

Vengo del futuro para agradecerte por cada decisión que tomaste y para pedirte que estés tranquilo.

Se suelta llorando como si le quitaras un gran peso de encima.

Le pides que te hable de sus miedos y dudas.
Sientes la compasión que tanta falta te hacía en esa época.

Le pides que te cuente a detalle sus sueños.
Escuchas como te hubiera gustado que lo hicieran en aquel entonces.

¿Por qué sonríes tanto? Te pregunta con curiosidad.

Porque gracias a ti, hoy soy lo que soy.
Me dejaste mil y un lecciones.

Te despides de él con un abrazo.
Suena la alarma y con ella, te desvaneces.